Muere Montserrat Caballé a los 85 años

Cuando Maria Callas declinaba como artista, una vez retirada de los escenarios en 1965, alguien le preguntó quién sería, en su opinión, la cantante que recogería su testigo como la voz más sensacional de la ópera y la más delicada del repertorio lírico-dramático, una inquisición comprometida que la Callas solucionó con una respuesta clara y sin dudarlo un instante: "Only Caballé", fue lo que dijo, y desde ese momento Montserrat Caballé quedó bendecida como una diva inapelable.

Justo por entonces iniciaba su carrera internacional, destacando en el papel de Lucrezia Borgia en la ópera de Donizetti. Callas apenas había podido escucharla, pero lo poco que sabía de Caballé era suficiente para designarla como la elegida -en perjuicio de la otra gran soprano del final de siglo, Joan Sutherland.

Dotada de una voz cálida, clara y potente, fue la gran estrella internacional femenina de la ópera durante dos décadas y media de plenitud, y una figura central en la recuperación del bel canto italiano de principios del siglo XIX, una corriente de revival que había comenzado a gestarse en los años 50 -con Maria Callas- y que ella consolidó haciendo suyos papeles esenciales como Elvira (I Puritani), Norma o Lucia di Lammermoor.

Había nacido el 12 de abril de 1933 en Barcelona, cerca del templo de la Sagrada Familia, tras un parto largo que pudo haber acabado en desgracia, e ingreso aún niña en el Conservatorio del Liceu, donde inició sus estudios musicales. A los pocos años, obtuvo su primer contrato profesional con la orquesta de Napoleone Annovazzi, que recorría Europa con un repertorio que iba del barroco al verismo, y que le sirvió para aprender los primeros papeles de su repertorio: Serpina (La serva padrona, de Pergolesi) o Susanna (Las bodas de Fígaro, de Mozart), a las que más tarde añadiría Fiordiligi (Così fan Tutte, también de Mozart). Sin embargo, ya aspiraba a papeles más exigentes, y poco recomendados para sopranos jóvenes que aún no habían desarrollado toda su experiencia ni su desarrollo físico, como Aída (Verdi), Tosca (Puccini) o uno de sus roles más personales, la Salomé de Strauss.Tras su regreso a Barcelona en 1962, tras años de gira por Europa, terminó consagrándose como una voz con enorme potencial en las tablas del Gran Teatre del Liceu y acabando de proyectar su imagen en la escena internacional de primer nivel, de modo que su poder de comunicación rápidamente fue reclamado en los grandes coliseos líricos del mundo -del Metropolitan de Nueva York a la Royal Opera House de Londres-, que llamarían la atención no sólo de Maria Callas, sino de los promotores ávidos de un recambio en la cima del canto lírico. En los 70, cuando su carrera estaba disparada, Caballé desarrolló en paralelo una abundante producción discográfica que aumentó su perfil y todavía sirve como buen libro de estilo en cuanto a interpretaciones excelentes del gran repertorio italiano del siglo XIX: bel canto, verismo y las grandes óperas de Verdi. No obstante, también dejó su huella en la recuperación del repertorio clásico del XVIII -principalmente Gluck y Mozart- e hizo interesantes incursiones en la ópera barroca.

Retirada de los escenarios desde principios de los 2000, a los que sólo volvió en ocasiones puntuales -se dice que para actuar en galas privadas de magnates que pagaban muy bien por tener cerca su leyenda, aunque ya no su mejor voz-, su leyenda nunca se ha apagado, aunque sus problemas con la justicia han impedido mostrar mayor energía. Tenía, eso sí, ganado un puesto indiscutible en el olímpo de las grandes voces de la ópera, apuntalado por fans surgidos de ámbitos inesperados, como Freddy Mercury, el líder de Queen, gran aficionado a la ópera que insistió en que fuera ella quien cantara con él en su canción olímpicaBarcelona.

Tras su fallecimiento en la mañana del 6 de octubre en Barcelona, tras mucho tiempo alejada de la vida pública y afectada de problemas en la vesícula que se fueron agudizando en los últimos años, es el momento de recordar a un mito que hizo historia y que merece ser de nuevo reivindicada como la única soprano que le disputó a la Callas el título de la más grande del siglo XX. Tras ella, "only Caballé".


 

Te gusta la ópera,

pero aún no lo sabes.

GRANDES CANTANTES DEL PASADO

Alberto de Gorostiaga nació en la popular calle Bilbaina de San Francisco el 8 de abril de 1880, y se inició en la vida artística con un grupo de amigos en el Instituto. Teniendo la ópera como destino, viajó a Barcelona y de allí a Milán donde adoptó el nombre de "Alberti de Gosostiaga". A principios de siglo formó en una compañía lírica italiana y cantó en Holanda en la primera representación de “Madame Butterfly”, en 1903. También actuó en el Liceo de Barcelona, cantando “Cavalleria rusticana” en San Sebastián y en diversas naciones de Europa. Su amplia actividad fue bien conocida en Bilbao como empresario de ópera, ya que formó empresa con varios compañeros de juventud y consiguió contratar en 1914, para actuar en Bilbao, al célebre tenor Caruso, si bien no llegó a verificarse esta representación por haberse declarado la guerra. Se estableció en París como maestro de canto y allí fue presidente de la Casa de España y fundador del Aero Club francés en 1903. Fue considerado como el mejor maestro de canto. Su fama se extendió pronto por todo el mundo, y así lo afirmó el tenor Lauri Volpi en su libro “El equívoco”, y se confirmó en otras muchas publicaciones americanas y francesas. Fue a Hollywood contratado por diversas casas de películas, y allí fue protector de Lily Pons, de Grace Moore, de Jeanette Mac Donald y de otras grandes figuras de la pantalla. Dirigió la parte vocal de varias películas de su discípula predilecta Lily Pons. Don Alberto de Gorostiaga, a quien el Gobierno francés concedió todas las condecoraciones civiles, además de poseer otras muchas que le otorgaron en Italia, en Túnez y en España, ingresó en la Orden de Alfonso X el Sabio en 1947. Sintiéndose ya enfermo, en 1957, regresó a Bilbao y murió un mes más tarde en el Hotel Carlton donde solía residir cuando viajaba a su ciudad natal.

 

Florencio Constantino (Ortuella, Vizcaya, 9 de abril de 1869 - Mexico D.F., 19 de noviembre de 1919) fue un tenor español.

En su juventud trabajó como mecánico naval. Tras cumplir el servicio militar emigró a Argentina, donde trabajó en su oficio y llamó la atención su capacidad para el canto. Comenzó a recibir clases de canto con Leopoldo Stiatesi, alumno de Francesco Lamperti  y debutó en Montevideo en 1892 cantando en La Dolores, de Tomás Bretón (aunque hay alguna referencia de que pudo haber cantado, ya en 1899, en La favorita, también en Montevideo).

El empresario tabaquero Manuel Méndez de Andés le tomó bajo su protección, pagándole una ampliación de estudios de canto en Italia. ¿ Al poco tiempo consiguió un contrato en el Teatro Ponchielli de Cremona, comenzando una exitosa carrera por los teatros de Italia, que amplió a los de Holanda y Alemania. Se especializó en los papeles de tenor de Rigoletto, La traviata, Il barbiere di Siviglia, La favorita,Les Huguenots, Ernani o La Gioconda. En 1899 es contratado con la compañía del Teatro Real de Madrid, donde debutó en el Duque de Rigoletto, apareciendo allí hasta 1905 con gran éxito.

Posteriormente viaja por Polonia y Rusia, donde coincide con Luisa Tetrazzini, Salomea Kruszelnicka, Mattia Battistini y Josefina Huguet. En 1905 se presenta en el Theater des Westens de Berlín con el Duque de Mantua y Manrico, y en 1906, en el Covent Garden de Londres se alterna con Enrico Caruso en Rigoletto.

A partir de 1906 se traslada a Norteamérica, donde debuta con Carmen en Nueva Orleans. A partir de este debut comienza a parecer con las principales compañías norteamericanas. En 1908 cantó con Luisa Terrazzini en la Manhattan Opera Company. En 1909 participó en la apertura de la ópera de Boston, cantando en La Gioconda junto a Lillian Nordica y Louise Homer. En 1909 y 1910 actúa en el Metropolitan Opera de Nueva York y el Teatro Colón de Buenos Aires. En 1912 participa en una compañía itinerante argentina, y en 1915 aparece por última vez en Los Angeles.

En los últimos años de su carrera se vio envuelto en diversos incidentes. Fue denunciado por romper su contrato con la Manhattan Opera Company, y después por causar un accidente al bajo Giovanni Gravina, que perdió un ojo durante una lucha con espadas en una representación. En 1918 fue despedido de la ópera de Boston por aparecer bebido en una representación. Posteriormente desaparece de los grandes teatros, y llegan noticias de que ha caído en el juego y la bebida,  siendo internado en una clínica psiquiátrica para indigentes de México D.F. tras ser encontrado inconsciente tirado en la calle. Falleció en la clínica en 1919.

En Bragado construye, a manera de homenaje, el teatro Florencio Constantino. Con capacidad para 2200 personas, constituye la sala teatral más importante del centro y noroeste de la provincia, con una riqueza arquitectónica donde su sala acústica es acogida con gran mérito por grandes profesionales del arte escénico.

Se inauguró el 25 de noviembre de 1912, con la puesta en escena de la opera Aìda, de Verdi, que el mismo Constantino, su fundador, interpretó, acompañado por un conjunto de cantantes llegados de la Capital Federal, los que actuaron a sala repleta y que terminó con una ovación. Debido a su belleza arquitectónica y a su calidad acústica, es uno de los teatros más reconocidos del país. Fue diseñado como una copia del famoso teatro de la ópera "La Scala de Milán", pero debido al derrumbe de su frente, el 19 de diciembre de 1979, sufrió modificaciones durante su reconstrucción, ganando la fachada que hoy mantiene. La sala durante el año 2010 fue usada como suplente para obras del Teatro Colón de Capital Federal.

Recientemente el teatro fue re inaugurado y re modelado al cumplirse sus 100 años de vida, depositándose allí los restos de su creador, el tenor Florencio Constantino, a esos actos acudió el alcalde de Ortuella, en representación de su pueblo, invitado por parte de su homólogo argentino el intendente de Bragado

Se inauguró el 25 de noviembre de 1912, con la puesta en escena de la opera Aìda, de Verdi, que el mismo Constantino, su fundador, interpretó, acompañado por un conjunto de cantantes llegados de la Capital Federal, los que actuaron a sala repleta y que terminó con una ovación. Debido a su belleza arquitectónica y a su calidad acústica, es uno de los teatros más reconocidos del país. Fue diseñado como una copia del famoso teatro de la ópera "La Scala de Milán", pero debido al derrumbe de su frente, el 19 de diciembre de 1979, sufrió modificaciones durante su reconstrucción, ganando la fachada que hoy mantiene. La sala durante el año 2010 fue usada como suplente para obras del Teatro Colón de Capital Federal.

Recientemente el teatro fue re inaugurado y re modelado al cumplirse sus 100 años de vida, depositándose allí los restos de su creador, el tenor Florencio Constantino, a esos actos acudió el alcalde de Ortuella, en representación de su pueblo, invitado por parte de su homólogo argentino el intendente de Bragado.

 

Isidoro Fagoaga

Tenor de fama mundial. Nació en Bera (Navarra), el 4 de abril de 1893. Falleció en San Sebastián, el 16 de marzo de 1976.

Estudió música merced a una beca que le concedió la Diputación Foral de Navarra. Los tenores Tita Rufo y el bilbaíno Florencio Constantino, advirtiendo sus facultades, le decidieron a dedicarse al canto. Debutó en la capital de Bizkaia con Amaya, de Guridi, y en Madrid, con Sansón y Dalila. Integró la gran compañía que acaudillada por María Llácer y el maestro Arbós realizó gira por España. Fagoaga marchó a Milán y lo escrituraron para en Nápoles sustituir a un tenor que había fracasado con La Walkiria, la que se representó ocho veces más cantada por el joven Fagoaga, que triunfó plenamente, como asimismo en Parma. Se informó de ello Arturo Toscanini, que precisaba un buen tenor para la temporada de la Scala, de Milán; lo escuchó, quedó admirado de su bella voz y estilo y lo contrató; durante once años, en el coliseo milanés interpretó cientos de veces los personajes wagnerianos. Parsifal lo cantó bajo la dirección del famoso director de orquesta nombrado; representó todas las óperas de Wagner en los teatros operísticos italianos.

Invitado por Sigfrido Wagner, Fagoaga se desplazó a Bayreuth; entusiasmó al hijo del autor de Lohengrin, hicieron gran amistad y Sigfrido le sugirió cantar las obras de su padre en alemán, lo que hizo poco después en Francfort con El ocaso de los dioses. Si bien Fagoaga se especializó en la producción de Wagner, abordó las de otros compositores e hizo verdaderas creaciones de Boris Godunov, Sansón y Dalila, Norma... Su nombre aparecía en los carteles junto a los de los célebres Pertile, De Angelis, Rosa Raissa, Merli, Gigli... La época americana de Fagoaga de 1925, en la temporada lírica del teatro Colón de Buenos Aires, duró tres meses. Fagoaga sugirió al empresario el estreno de Amaya. Los tres días de esta obra fueron apoteósicos. Al estreno asistieron el maestro Guridi y el presidente Hipólito Irigoyen, "el peludo". Afluyeron vascos de toda Argentina y hasta del Uruguay. En esta temporada estrenó también la ópera sudamericana Tabare, con letra de Zorrilla San Martín y música de Schiuma. Hizo, asimismo, la temporada lírica de 1929. A raíz de la guerra del 36 se traslada nuevamente a Buenos Aires desde San Juan de Luz, pero dedicándose sólo a la vida intelectual. Reanuda allí la publicación de la revista Gernika que editaba en Baiona. La edición argentina alcanza desde el número 16 hasta el 25 en 1953. La colaboración en la revista que él mismo sostiene alcanza 37 artículos. Su actividad intelectual le había llevado además a ser uno de los colaboradores iniciales de la revista Eusko-Jakintza, que agrupaba en la zona de Baiona a los intelectuales vascos exiliados, bajo la dirección de D. José Miguel de Barandiarán. Siempre le atrajo la literatura; escribía sus impresiones sobre las ciudades que visitaba, que le eran publicadas en Il Corriere della Sera.

Retirado del canto y residente en San Sebastián, intensificó su actividad literaria y de investigación; en Buenos Aires publicó (Ekin) dos trabajos importantes: Pedro Garat, el Orfeo de Francia (1948) y Domingo Garat, el defensor del Biltzar (1951). Colabora en los suplementos de La Prensa, de la capital de la República Argentina. En la Bella Easo, la Editorial Auñamendi le tiene impreso: Retablo Vasco (1959) (en el que se ocupa de Huarte, Rável, Paoli, Gayarre y Eslava), y Unamuno a orillas del Bidasoa y otros ensayos (1964).

Ha pronunciado conferencias, en la Universidad de Oñati sobre Víctor Hugo y el País Vasco, y en Tolosa en torno a Grandmontaigne. En La Musique Representative Basque, Pierre Garat le chanteur y Músicos argentinos de estirpe vasca, su fluida y documentada palabra ha sido llevada a la letra impresa. Fagoaga, que se relacionó con Unamuno y Pío Baroja, ha afirmado: "Cuando cantaba no era feliz y ahora con la literatura, si". Sus dos últimas publicaciones fueron Los poetas y el País Vasco (San Sebastián, 1969) y El teatro por dentro (Bilbao, 1971). Para aquilatar su labor como ensayista, bastaría con citar algunos de sus trabajos que han visto la luz en las páginas de diferentes periódicos y revistas: El elemento vasco en la vida y en la obra de Cervantes; El P. Larramendi en el Parnaso: Un arquetipo de patriota romántico; José María Iparraguirre, en el que de forma sugestiva hace alusión a los cuatro momentos musicales o estados del alma. Esto es: el simbolismo del "Guernikako Arbola", el canto a la Madre (Nere amak baleki ), el canto de Partida (Agur, Euskal erria'ri ) y el Retorno (Nere etorrera ); Mozart y Arriaga; Beethoven y La Batalla de Vitoria, y A propósito de Goethe en Euskera. Con ocasión de su fallecimiento, Juan Thalamas publicó una completa noticia biográfica en el Boletín de la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País, 1976, XXII, 3-4, pp. 343-413.

Bilbao le dedicó una calle en 1983.

GLORIA DE VIVALDI EN L´OSPEDALE DELLA PIETÀ

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